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¿Qué nos hace diferentes?

Por qué hacemos lo que hacemos.

Una nota personal sobre SlowBurn.

Hay algo que me incomoda de la industria del bienestar. La facilidad con la que ha conseguido convertir el descanso en otra obligación.

Hay que meditar, dormir ocho horas, escribir un diario, beber suficiente agua, practicar la gratitud. Incluso la tranquilidad parece exigir cierta disciplina. Hemos llegado a un punto extraño en el que descansar también puede convertirse en una tarea pendiente.

No creo que haya nada malo en querer sentirse mejor. Lo que me resulta difícil de aceptar es la idea de que exista una manera correcta de hacerlo.

Mi relación con el descanso nunca ha sido especialmente sencilla.

Tengo una mente que rara vez se detiene. Las ideas se superponen, una pregunta lleva a otra y, cuando algo despierta mi curiosidad, puedo pasar horas completamente absorbida en ello. Las altas capacidades y las conversaciones sobre el TDAH me han llevado a pensar mucho en las distintas maneras que tenemos de prestar atención, de percibir el tiempo y de relacionarnos con nuestro entorno.

Durante mucho tiempo pensé que descansar significaba dejar de pensar. Ahora sospecho que esa definición nunca tuvo demasiado sentido para mí.

A veces descanso mientras hago algo con las manos. Otras, cuando cocino, escucho música o me concentro en un olor que me recuerda a un lugar en el que estuve hace años. No necesito que mi cabeza se quede en blanco. Me basta con que, durante un rato, no tenga que estar en todas partes.

SlowBurn nació, en parte, de esa observación.

Vela Epiphany encendida en un bodegón con uvas, tela y detalles dorados

Siempre me ha fascinado la capacidad de los olores para alterar nuestra percepción de un momento. Hay aromas que reconocemos antes de recordar dónde los conocimos. Otros nos resultan familiares sin que sepamos explicar por qué. La memoria olfativa tiene algo desconcertante: puede devolvernos a una tarde de nuestra infancia con una precisión que las fotografías rara vez consiguen.

Quería trabajar con eso.

No me interesaba hacer otra vela que prometiera paz interior. Me interesaba crear aromas con personalidad, capaces de despertar recuerdos, acompañar conversaciones o cambiar sutilmente la manera en que percibimos una habitación.

Por eso nuestras velas tienen nombres, historias y composiciones olfativas diferentes. Algunas son frescas y extrañas. Otras, cálidas, dulces o melancólicas. No todas tienen que gustarle a todo el mundo. De hecho, prefiero que no sea así.

Las elaboramos en pequeñas producciones, con cera vegetal de coco y prestando atención a los detalles que muchas veces pasan inadvertidos. No porque lo artesanal sea necesariamente mejor por definición, sino porque me interesa saber qué estamos haciendo, con qué materiales y por qué.

Dos velas vistas desde arriba, con la cera y las mechas a la vista bajo luz natural

Tampoco creo que comprar una vela sea un acto de autocuidado por sí mismo. Una vela no va a resolver el agotamiento, el exceso de trabajo ni las dificultades de vivir en un mundo que reclama nuestra atención constantemente.

Es un objeto. Uno bastante sencillo, además.

Pero los objetos forman parte de nuestra vida cotidiana. Elegimos la taza en la que bebemos café, la música que ponemos al cocinar, la luz que dejamos encendida al anochecer. Son decisiones pequeñas, aunque no siempre insignificantes.

Me gusta pensar que SlowBurn pertenece a ese territorio.

No al de las grandes transformaciones personales, sino al de las cosas que hacemos porque nos producen placer, porque nos resultan hermosas o porque, sencillamente, nos apetece.

Vela en un recipiente de vidrio verde sobre un fondo claro, iluminada por el sol

No necesitas convertir cada momento de tu vida en una oportunidad para mejorar. Algunos momentos merecen existir sin que les pidamos nada a cambio.

Y quizá esa sea la razón más sencilla por la que hago velas.

Porque me gusta hacerlas. Porque me interesan los aromas. Porque creo que hay belleza en prestar atención a las cosas pequeñas.

Y porque no todo lo que disfrutamos necesita una justificación.

Karen Duarte fundadora de SlowBurn.