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La alquimia del fuego

La alquimia del fuego

Sobre el fuego, la vida y nuestra extraña costumbre de celebrar la muerte.

Los antiguos alquimistas estaban obsesionados con la transformación de la materia. Buscaban convertir los metales en oro, encontrar el elixir de la vida, descubrir qué permanecía cuando una sustancia dejaba de ser lo que era. Había algo muy humano en aquella empresa: el deseo de comprender el mundo y, si era posible, negociar con sus leyes.

lustración de una figura con rostro de sol, vestida de verde y sentada en un paisaje boscoso, el alquimista.

Sobre todo con una.

La muerte.

Halloween también nació de una preocupación por aquello que desaparece.

Mucho antes de convertirse en una celebración de disfraces y calabazas, algunas de sus tradiciones estuvieron vinculadas a Samhain, una festividad que marcaba el final de las cosechas y la llegada de la estación oscura. Se creía que, durante aquellas noches, la separación entre el mundo de los vivos y el de los muertos se volvía menos firme. Se encendían hogueras. El fuego ofrecía protección, calor y una manera de enfrentarse a lo desconocido.

Me interesa imaginar a aquellas personas reunidas alrededor de las llamas.

No podían detener el invierno, pero podían intentar comprenderlo. Inventaron leyendas, contaron historias y buscaron en sus dioses una explicación para aquello que temían.

La cosecha había terminado. Los días serían más cortos. Habría que aprender a vivir con menos luz.

Es una idea bastante alejada del Halloween que conocemos hoy, con sus esqueletos de plástico y sus bolsas de caramelos. Aunque sospecho que ambas celebraciones tienen algo en común: nos permiten acercarnos a la muerte sin tener que hablar demasiado en serio de ella.

Ilustración de cuatro figuras bailando alrededor de una hoguera en un bosque, bajo la luna y entre murciélagos. Celebrando el Samhain.

Nos disfrazamos de fantasmas. Decoramos nuestras casas con calaveras. Convertimos lo que nos aterra en algo que podemos mirar, tocar y, en ocasiones, encontrar divertido.

Es una solución ingeniosa.

Siempre me ha parecido extraño que asociemos la muerte con la oscuridad cuando, en tantas culturas, recordamos a los muertos encendiendo luces.

Una vela junto a una fotografía. Una llama en una iglesia. Un pequeño fuego que permanece encendido durante una conversación.

Vela Memento Mori encendida con dos llamas sobre una bandeja blanca, junto a unas tijeras para mechas y cerillas.

En la alquimia existía una idea fascinante: para que algo se transformara, primero debía abandonar su estado anterior.

Quizá lo más difícil de aceptar sea precisamente eso: que nada permanece intacto.

El fuego convierte el tiempo en algo visible.

Quizá por eso me gustan las velas.

No están hechas para durar intactas.

Están hechas para acompañar algo que está ocurriendo.

Una cena. Un libro. Una conversación que se alarga más de lo previsto. Una noche de octubre en la que, por alguna razón, decidimos pensar en la vida y la muerte mientras el resto del mundo se disfraza.

Al final queda menos cera.

Pero hubo luz.

Y eso, para un objeto destinado a consumirse, me parece una existencia bastante extraordinaria.

Memento mori. Recuerda que vas a morir.

Pero, sobre todo, recuerda que estás vivo.

Y que la vida está ocurriendo ahora.

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